España al borde de la autodestrucción. La solución: ¿las FFAA?

La situación de España es anarquica y caótica. El sistema se desintegra a pasos agigantados. Nos lo jugamos todo una vez más. Se permite, e incluso impulsa, lo que en ningún lugar del mundo. O se toman medidas urgentemente o España perecerá como nación y los españoles como pueblo; y que nadie se engañe: no ocurrirá sin dolorosas consecuencias. ¿Hay solución? ¿Puede ser la intervención las FFAA?

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España vive momentos críticos, habiendo llegado, de nuevo, y por desgracia, a una difícil y crucial encrucijada. Lo que desde hace años ocurre en nuestra patria no es normal; peor aún lo que se consiente y no digamos ya lo que se impulsa, lo que se intenta; no hay parangón con ningún otro país del mundo. La pendiente por la que nos deslizamos, cada vez a mayor velocidad, nos lleva irremisiblemente a la disolución como nación y como pueblo. De confirmarse tal tesitura, lo que parece más que probable, no habrá ni vencedores ni vencidos, todos, sean quienes sean, serán, seremos, perdedores.

Para que hayamos llegado a este punto son muchas las cosas que se han hecho mal por parte de todos; porque todos, por unas u otras causas que serían prolijas de analizar, tenemos la culpa en mayor o menor medida, unos por acción y otros por omisión. Dos son, muy sintetizadas, las principales:

* La existencia de una “izquierda” que, al no haber renegado de sus persistentes anormalidades históricas, sino todo lo contrario, vuelve por sus fueros a poner todo su empeño en promover una revolución política, social y cultural del todo anacrónica y antinacional y, por ello, destructiva; incluso para ella misma, pues aunque se crea vencedora lo será, en todo caso, sobre ruinas.

* La pervivencia de una “derecha” siempre acomplejada, cicatera, cobarde y renegada.

El resurgimiento de los separatismos regionales, ficticios por injustificados de todo punto de vista, son el efecto de la confluencia de las s dos anteriores causas que por la tradicional alianza con ellos de la “izquierda” y la constante pusilanimidad de la “derecha” les han hecho crecer y robustecerse sin límite.

Si a todo lo anterior unimos la absoluta mediocridad y corrupción moral y material de los “políticos” y de los que aspiran a serlo, el panorama no puede ser más desolador. Y no nos olvidemos ni seamos ingenuos: las fracturas que de todo tipo se han creado entre españoles, hace imposible evitar que, tarde o temprano, la sangre, en mayor o menor medida, llegue al río.

¿Soluciones?

De un sistema, de un régimen tan deteriorado como el nuestro, poco o mejor decir nada se puede esperar. Su propia degeneración le impide y seguirá impidiendo que de sus filas, de su interior, surja quien, quienes o qué lo devuelvan a su normal desarrollo, a ese que nunca debió haberse abandonado, ni dejar que, unos con más culpa y otros con menos, pero al fin y al cabo todos, lo desviaran.

Lo que salvo casos excepcionales o muy puntuales, aunque no por ello menos traumáticos, sólo pocas veces ha sido necesario en los países de nuestra área geográfica, en España sí lo ha sido y parece que vuelve a serlo. Nos referimos a la intervención de las Fuerzas Armadas (FFAA), baluarte de las esencias de nuestra nación, de nuestra patria, las cuales han demostrado hasta la saciedad –tal vez demasiado–, con su silencio y dejar hacer, incluso en momentos muy críticos de nuestra reciente historia, su absoluto respeto tanto por el poder civil legal y legítimo, como por las decisiones del pueblo español, aún las más erradas, bien que ante la aceleración de la evidente desintegración de nuestra nación, parece llegado el momento de que tomen cartas en el asunto, pues son lo único, al parecer, que, en su práctica totalidad, permanecen prestigiadas, incólumes y, mejor aún, imparciales.

Para tal intervención se dan ahora, a nuestro juicio, las siguientes premisas, todas ellas imprescindibles: la legalidad y legitimidad de tal intervención, la necesidad, la forma en cómo hacerlo y el objetivo.

Legalidad y legitimidad tienen de sobra, ya que per se, tanto la propia Constitución, como sus Ordenanzas, es decir, el ordenamiento jurídico democrático vigente, así lo avalan. Las FFAA tienen adjudicadas constitucionalmente unas misiones para cuyo cumplimiento no dependen nada más que de ellas mismas: “Art. 8.- Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Puede que a algunos, incluso a muchos, no les guste, pero ahí está el texto constitucional bien claro, con el cual, por otro lado, seguro que comulgan la mayoría de los españoles de buena fe independientemente de su ideario político.

En contra de esa pretendida legalidad y legitimidad aducirán muchos el “Art. 97.- El Gobierno dirige la política interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado. Ejerce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes”. Pero cuando, como viene ocurriendo desde hace ya varios “gobiernos” –no sólo con el actual, bien que este se lleva la palma por sus acciones y porque puede ser legal, pero es el único de los habidos hasta la fecha que carece de legitimidad al no ser fruto de unas elecciones libres y democráticas–, su “dirección” no sólo no impide, sino que incluso potencia, todo lo que atenta contra la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”, tal hecho ilegaliza y deslegitima al “gobierno” en la misma forma que legaliza, legitima y justifica la intervención constitucional de las FFAA, respaldada además por sus Reales Ordenanzas: “Artí, 48.- Límites de la obediencia. Si las órdenes entrañan la ejecución de actos constitutivos de delito, en particular contra la Constitución y contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado, el militar no estará obligado a obedecerlas. En todo caso asumirá la grave responsabilidad de su acción u omisión”.

La necesidad creemos que a la vista está, precisamente por lo dicho más arriba: porque el deterioro de la situación y del propio sistema es de tal calibre que ya no se soporta ni a sí mismo; y lo que está en juego es todo: la supervivencia de España como nación soberana, íntegra e independiente, del pueblo español libre y del propio ordenamiento constitucional actual. En otros países democráticos los dirigentes y partidos políticos saben dónde están los límites, por eso nunca les es necesario lo que aquí parece que sí. En otros países demcoráticos, hay límites y mínimos de los que no se pasa. En otros países democráticos la propia legislación impide con claridad que algunos puedan hacer lo que aquí sí. Por eso, y por desgrqacia, aquí sí es necesaria la intervención in extremis de las FFAA y en ellos no.

La forma no puede ser otra que, con el rey a la cabeza, las FFAA –con el consurso de las de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad–, previo consenso con los líderes de los partidos políticos con representación o no parlamentaria que asumen íntegramente y sin dobleces la Constitución –lo que garantizaría a la comunidad internacional que no se trate de un “golpe de Estado” ni de instauran una “dictadura militar”, sino todo lo contrario, es decir, que son el medio para asegurar una España estable que tanto precisa como bien hace a dicha colectividad–, asumieran la tutela temporal del control del funcionamiento del Estado, suspendiéndose sólo aquellas garantías constitucionales precisas y únicamente en los lugares estrictamente imprescindibles según aconsejen las circunstancias, garantizándose la permanencia de las demás, abriéndose un periodo constituyente en el que los dirigentes y partidos políticos, sobre la base de la experiencia acumulada durante estos últimos cuarenta años, acordaran las modificaciones de la Constitución que son evidentes para garantizar ya sin resquicios la unidad, igualdad y seguridad de España, sometiéndolas a continuación a la aprobación del conjunto de los españoles –incluso se podría aprovechar para resolver para siempre en las urnas la artificial polémica entre monarquía y república–, todo ello en el necesario clima de orden, seguridad y libertad de verdad, sin la presión de los que hoy actúan crecidos amparados en la impunidad de que les dotan las acciones anticonstitucionales del ilegítimo gobierno actual. La duración de tal periodo dependería sólo del tiempo en que se tardara en redactar las modificaciones constitucionales citadas. Aprobada la nueva Constitución se convocarían de inmediato elecciones generales a las que concurrirían los partidos que previamente hubieran acatado plenamente –incluso adaptando sus estatutos– la nueva Constitución, tras las cuales, ni un día más, pero ni un día menos, las FFAA volverían a donde siempre han estado, tras haber prestado así un servicio real de valor incalculable a España y a los españoles.

El objetivo sería lograr un nuevo consenso constitucional, un nuevo texto preciso que evite que los de siempre, tanto de un lado como de otro, encuentren resquicios, como viene ocurriendo, por los que introducir sus destructivas insidias; es decir, borrar de nuestras prácticas democráticas aquella maldita frase y creencia de que “en democracia todo vale, sin violencia” —pueril barbaridad que tanto daño nos ha hecho porque lleva siempre a la anarquía en la que nos encontramos y a la violencia que padecemos–, logrando hacer de España una democracia real, con sus imperfecciones, como todas, porque no hay obra humana perfecta, pero en la que no se discutan las bases de nuestra nación y convivencia, en la que se señalen rigurosamente los límites de los cuales no se puede pasar o, mejor decir, caer, que deje fuera de ella todos aquellos planteamientos y actitudes antidemocráticos siempre injustificados que sólo buscan destruirnos, un sistema en el que las naturales discrepancias puedan confrontarse sin usarse como arma arrojadiza.

Para que lo anterior sea posible, desde luego, haría falta que los principales líderes políticos y los que aspiran a serlo, demostraran por primera vez en su vida un mínimo de altura e inteligencia, porque si alguno sigue pensando que del desvarío actual va a salir vencedor, no sólo demuestra que es el peor de todos, sino además que es el más equivocado.

De no ser posible lo dicho, sólo quedaría o la intervención de las FFAA manu militari –imposible hoy en día de todo punto de vista– o la destrucción a no tardar mucho de España.

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One thought on “España al borde de la autodestrucción. La solución: ¿las FFAA?”

  1. Estimado señor: magnífico su comentario, argumentadísimo y muy bien desarrollado. Denota una gran formación en materia tan compleja, resbaladiza, pero, como usted muy bien señala, tan importante y grave. Saludos cordiales

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